Ramiro
Rivera viajó diez horas, con un estricto traje negro, entre Quito y Cuenca. Debe
visitar la tumba de su madre María Tenecora. Fue su homenaje, la noche del
sábado 11 de mayo, para ese ser que perdió el 20 de enero de 2012. Una noche en
la que el Cementerio Patrimonial de Cuencase llena de vida para recordar a quienes nos salvan de la muerte.
Ramiro, y una dos mil personas, cumplieron con esta cita que
la siente una obligación anual: “Ellas nunca se van, vivo en Quito pero mientras
pueda vendré a verla en su día”, dice mientras se dispone a escuchar la misa
campal del sacerdote Francisco Calle.
La mañana del domingo, la fiesta está acompañada por el sol.
Y por los mismos sentimientos: vida- muerte, alegría-pena, esperanza-nostalgia;
arrepentimiento por el tiempo no aprovechado.
Soledad, en los dos lados de la vida y la muerte.
La experiencia de la ausencia física logra, de esta manera,
superar el perfil comercial de una fecha que muchos se proponen como diaria,
pero que en pocos, muy pocos, poquísimos casos lo consiguen.
Aquel primer sueldo de 16 mil sucres (unos 64 centavos de dólar actuales, el 50% del básico nominal de la época) no servía de mucho en realidad. Laboraba en una radio local, en el noticiario. Y estudiaba periodismo. Así que, conforme.
La práctica habitual de compensar los bajos salarios, sin ningún vínculo laboral ni afiliación a la seguridad social o beneficios de ley, tomaba la forma de derecho adquirido para acceso a cuñas comerciales. Hasta tres. Entonces había que conseguir noticias y publicidad. Peligrosa combinación.
Por ello es que aunque el sueldo de 16 mil sucres mensuales significaba poco, revestía un enorme riesgo para la integridad ética del periodista obligado a dar con esas compensaciones salariales, en permanente exposición a conflictos de interés. Como el de Carlitos, por ejemplo: periodista de radio y relacionista público de una entidad pública; con su segundo oficio trataba de ocultar la verdad que su primer oficio le exigía hallar. Pero igual, buscaba redondear el sueldo, así que, conforme.
O como el de Rubén, que al mismo tiempo de presentar sus noticias, lee –las famosas menciones– las publicidades como si de un partido de fútbol se tratase. Son sus publicidades, sus compensaciones, avaladas por el dueño del medio.
Que si en el continente es una práctica habitual, entonces conforme.
Pero la credibilidad se pone en riesgo inminente, básicamente porque se compromete la independencia.
El periodista debe tener un ingreso salarial digno que le aleje de este tipo de conflictos. La tarea de informar implica una enorme responsabilidad sobre la cual, cualquier tipo de argumentación está por demás: La materia prima del periodista son los hechos, reputaciones, vidas.
Requiere de una formación sólida, permanente, dialéctica, responsable, ética. Y con cero conflictos de interés.
Para ponerlo en palabras del maestro de ética periodística, Javier Darío Restrepo: “…el periodista que se respeta y que cuida su buen nombre profesional nunca permite que en su trabajo se mezclen su nombre y la actividad de recolección de pauta publicitaria. En cualquier empresa periodística seria es una regla de oro que la consecución de pauta es un trabajo distinto y separado de la actividad periodística. No se le puede creer a un periodista que le debe agradecimiento a la persona o a la empresa que le paga el aviso y sobre la que debe informar.”
Regular los salarios debe atender esa necesidad, y que hoy tengamos periodistas titulados de $ 800 es una buena noticia. Podría ser mejor, porque asegurar un salario mínimo, que cubra necesidades elementales, garantiza la independencia profesional de los comunicadores. Y aunque suene conformista, la pauperización laboral del periodista es una realidad que duele, y es la madre, además, de la pobreza de su ejercicio, de la falta de formación, actualización.
La actividad debe mejorar en su conjunto, por toda la responsabilidad que demanda; no solo cuando se logra escalar y ubicarse en una empresa de las denominadas “grandes”. Porque en esta actividad profesional se producen productos de altísima injerencia contra terceros. Y esa es la principal razón para ya no estar nunca más conformes.
El periodista de 800 dólares ya es algo; pero debe, además, aspirar a más. A mucho más, en la misma medida en que demuestre que su trabajo es de excelencia.
Absorto. Así quedó ese puñado de conocidos con los que coincidimos en el espectro electromagnético de una emisora local: en ese preciso momento hablaba el pastor candidato. Y lo que había salido de su boca era suficiente como para negarle cualquiera de esas dos categorías. Incluso de la de ser humano, que le llegó gratuita.
Que los homosexuales son una consecuencia de las relaciones sexuales anales de sus padres, dijo. Que esa es una manera con la cual se hace una especie de justicia divina, sugirió. Que si en Europa este tipo de relaciones están permitidas, pues que se vayan todos para allá, recomendó. Y algo no menos indignante que lo anterior: que sus recursos económicos –los familiares, que parecen abultados- provienen de la creación de siete iglesias. Y que fue el mismísimo Dios quien le pidió que sea candidato. Y salve a los ecuatorianos.
El pastor que, “a gracias de Dios” y para la buena ventura del pueblo sabe perfectamente que no tiene ninguna opción electoral, como parte de su estrategia va por allí diciendo estas sandeces que ofenden a los ecuatorianos. Por aquello de que los pueblos tienen los candidatos que se merecen.
El pastor candidato no sabía ni le dijeron sus asesores que Cuenca es el peor escenario para un discurso tan pobre e irracional: fue en esta ciudad donde inició un movimiento de concienciación que terminó con la despenalización de la homosexualidad, en el año 1997.
Que no es un tema que se agotó cuando se eliminó del Código de Procedimiento Penal aquella disposición que condenaba la homosexualidad como un delito, porque ayer mismo ya se discutió la posibilidad de crear una “Ordenanza para la inclusión y reconocimiento del respeto a las diversidades sexuales en Cuenca”.
Este pastor rehabilitado que actúa sin temor –porque estoy convencido de que al menos sospecha de la inexistencia de divinidades celestiales y por eso las ofende- se pone en evidencia al pretender que la gente “trague” sus “verdades”. Y en su cinismo admite que sus recursos provienen de la creación de siete iglesias. ¡¡Iglesias destinadas a ser las financistas del estilo de vida del pastor candidato y su familia!! A confesión de parte, relevo de prueba. Es la peor de la distorsiones de esos espacios que buscan atender las necesidades del alma.
Es la confirmación absoluta del para qué sirven esas iglesias, esos templos, esas advocaciones: para financiar el estilo de vida de unos cuantos “iluminados”, presos de fobias, como la xenofobia o la homofobia. A propósito de esta última fobia, al parecer quien la padece tiene un miedo no consciente e irracional a descubrirse homosexual.
Mi intención no es afectar los votos del pastor candidato. Igual, no tiene oportunidades. Pero sí alzar mi voz de protesta por la ofensa proferida a quienes escuchamos las propuestas del pastor candidato en un medio de comunicación público. Y lo menos que podemos hacer es indignarnos, y reclamar en demanda de una clase política decente.
Lo hago, también, a nombre de esos cientos de mensajes que rodaron en redes sociales luego de los comentarios homofóbicos del candidato.
El sentido común es el menos común de los sentidos.
Fue mi recomendación a un grupo de estudiantes de periodismo que planteaba, como ejercicio académico, retomar las “denuncias” que la prensa local había recogido horas antes de boca de un oficial de la Policía: el riesgo que pone a los jóvenes cuencanos, las fiestas organizadas a través de la red social de Feisbuc.
Sus declaraciones las escuché por radio. Por eso no pude ver –sino solo imaginar– la dramática escena del oficial rasgándose la camisa de la indignación. La fiesta en la que realizaron el operativo fue convocada por Feisbuc; razón suficiente para sospechar que se trataba de un asunto medio demoniaco, “irregular”, como dijo la diligente prensa que recogía la noticia.
Una juerga convocada por la red social. Así que en respuesta plantaron, comandados por el intendente de Policía, un operativo que irrumpió en esa fiesta y “rescató” a los menores de edad. O sea, los detuvieron, entregaron a sus padres y organizaron la rueda de prensa para alertar a la ciudadanía de los maleficios y pecados que pueden provocar las fiestas convocadas por Feisbuc.
Como seguramente pensaron que se metieron a la opinión pública en el bolsillo del uniforme, repitieron el operativo en otra celebración privada –organizada por los estudiantes de un respetable colegio de la ciudad– y volvieron a “rescatar” a los menores de edad que habían esperado que aquella sea una noche memorable. Ahora había pruebas demoniacas: se estaba vendiendo licor.
Y había que dudar de la formación recibida por los chicos en sus casas.
Los cargos, entonces, fueron esos: menores de edad en una fiesta. Venta de licor.
La duda que me agobia es si es que los policías y un intendente se están tomando en serio su “papel moralizador” y ejemplificador en materia de matinés, y la mejor herramienta propuesta es irrumpir en ellas, cortar la música y “rescatar” a los “menores de edad”. Convocar a ruedas de prensa.
O quizá la lectura debe ser otra: no actuar bajo presupuestos de los efectos demoniacos que dejan como consecuencia el convocar a una fiesta por la red social, donde además se vende alcohol. Tal vez se deba trabajar en el tema de los principios pero en otros escenarios, con otras perspectivas, menos mediatizadas, satanizadas y prejuiciadas. Satanizadas y prejuiciadas, además, por los operadores semánticos que toman estos hechos y los vuelven “noticias sensacionales”, e impostan la voz para que el hecho –que diosito nos guarde– parezca más serio.
Hace poco, un brote de curuchupismo periodístico eclosionó cuando en los hospitales públicos se retiraron de los pasillos y hasta de los quirófanos, imágenes religiosas. Y la decisión, más que como un tema sanitario por toda la parafernalia que acompaña a esas imágenes, fue vista como el retorno de los “comeguaguas”. (Me es inevitable, además, imaginarme a un médico encomendándose a la divinidad antes de una operación. El paciente debería escapar en el acto).
La responsabilidad y la tolerancia al momento de informar hechos como los expuestos, son tan necesarios como grave puede ser el obviar la recomendación inicial: El sentido común es el menos común de los sentidos.